A veces yo me pregunto - Brenda Terrones
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EL HORIMENTO BAJO EL FIRMAZONTE Carmen Jodra (Madrid, 1980)
El horimento bajo el firmazonte…
Vicente Huidobro
-¡Democrad! ¡Libertacia! ¡Puebla el vivo!
¡No dictaremos más admitidores!
Pro lometemos, samas y deñores,
nuestro satierno va a gobisfacerles.
Firmaremos la gaz, no habrá más perra,
zaperán juntos el queón y el lordero,
y quieto promerer y lo promero,
vamos a felicirles muy hacerles.
(Y el horimento bajo el firmazonte,
o el firmazonte bajo el horimento
-ye ca no sé-, brillaba, grona y aro).
-Que se me raiga un cayo si les miento:
fumos soertes, y, mo lás pimtorante,
¡blasamos hiempre claro!
(Las Moras Agraces, 1999)
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CIUDAD DESNUDA Zbigniew Herbert (Polonia, 1924-1998)
con la mano mutilada de su catedral como una garra que señala
con los empedrados del color del intestino con las casas desolladas
ciudad bajo la crecida de la ola amarillenta del sol
de la calcárea ola de la luna
oh ciudad más que ciudad decidme cuál ciudad
bajo qué estrella junto a qué camino
de su gente: trabajan en un matadero en un inmenso edificio
de ladrillo crudo de suelo de hormigón envueltos en el hedor de la sangre
y el penitente salmo de las bestias Acaso allí hay poetas (poetas que callan)?
hay algo de ejército gigantesco sonajero de cuarteles en la periferia
el domingo al otro lado del puente entre arbustos híspidos en la fría arena
en una rojiza hierba las muchachas reciben a los soldados
hay todavía unos pocos lugares dedicados a los sueños Un cine
con una pared blanca donde son arrojadas las sombras de los ausentes
pequeñas salas donde el alcohol es vertido en finos o toscos vasos
hay además perros finalmente hambrientos perros que aúllan
y señalan de este modo los límites de la ciudad Amén
así que todavía preguntáis qué clase de ciudad
digna de la cólera sulfúrica dónde está esa ciudad
en los cables de qué viento bajo qué columna de aire
y quién viva allá si gente con el color de la piel parecido a nosotros
si gente con nuestras caras
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Zbigniew Herbert
José Antonio Rey del Corral (Zaragoza, 1939-1995)
Hay que existir, aunque sea más allá de la muerte.
Hagamos un montón de todos los sótanos que nos apresan
y a la buhardilla con ellos.
¿Por qué ocultar nuestros deseos en las alcobas
si tenemos la invitación de la yerba
y todo lo que no somos nosotros, se expresa a nuestros ojos?
¿Por qué somos turbios
y no osamos mirar a los ojos ajenos
más que a medias y con gafas de sol?
No. Yo sé que no todas las dentaduras son postizas
y que los capos se extienden más allá de las carreteras.
Salgamos de los suburbios apestosos,
tiremos nuestra miseria a la basura
y pongamos nuestra costra al viento.
Seamos libres.
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Juan Podesta Barnao - A la baja
acabarán por desesperar a los inversionistas
saldrán corriendo a invertir sus acciones en lugares más propicios
sitios menos riesgosos para el romance.
Porque para ser franco
esta firma comercial nada promete
fue una empresa de papel
mesas y sillas apolilladas
carpetas con egresos e ingresos
calculadoras y caja registradora.
Ahora, la única pregunta que cabe
es saber cuál de nosotros fue el operario
en cerrar el portón metálico, echar candado
y dirigirse al paradero con rumbo desconocido.
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Juan Podesta Barnao - Madrugada
es el resto de noche que va quedando
chirriar de algunas tripas
el mal aliento que acaba por desentendernos
de la lucidez
y que nos lleva a ponderar
que la única solución posible
es rematar las pocas pertenencias sentimentales
liquidar algunas emociones
firmar contrato con un imaginario dueño de pensión
y salir trasquilado
porque al final
la madrugada nos volvió a cagar
con la letra chica de los contratos usureros.
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César Vallejo - Me viene, hay días, una gana ubérrima...
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.
Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mundo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.
¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, proyecto!
Me viene a pelo
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.
Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudar a matar al matador ?cosa terrible?
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.
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Madrigal
Ven a mí que vas herido
que en este lecho de sueños
podrás descansar conmigo.
Ven, que ya es la media noche
y no hay reloj del olvido
que sus campanadas vierta
en mi pecho dolorido
Tu retorno lo esperaba.
De un ángulo de mi vida
voz sin voz me lo anunciaba.
Concha Méndez (1898-1986)
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Vergüenza
Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa
como la hierba a que bajó el rocío,
y desconocerán mi faz gloriosa
las altas cañas cuando baje al río.
Tengo vergüenza de mi boca triste
de mi voz rota y mis rodillas rudas;
ahora que me miraste y que viniste,
me encontré pobre y me palpé desnuda.
Ninguna piedra en el camino hallaste
más desnuda de luz la alborada
que esta mujer a la que levantaste,
porque oíste su canto, la mirada.
Yo callaré para que no conozcan
mi dicha los que pasan por el llano,
en el fulgor que da a mi frente tosca
y en la tremolación que hay en mi mano...
Es noche y baja a la hierba el rocío;
mírame largo y habla con ternura,
¡que ya mañana al descender al río
la que besaste llevará hermosura!
Gabriela Mistral (1889-1957)
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Vergüenza
Negros faroles sus ojos.
Su boca roja granada.
Cuchillito su nariz
sobre el labio apernacada.
Dos rosas en los oídos.
Dos hoyuelos en la barba.
De negra noche, dos trenzas
sobre los hombros de malva.
Dos piñones del pinar
de su cuerpo en dos manzanas
-blancas y rojas palomas
del palomar de las Gracias-.
A dormir va la pureza
del lino. Sábanas blancas
besarán entre sus pliegues
a la niña blanca, blanca.
Fernando Villalón (1881-1930)
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Erótica
la llama de tu pelo
quemó la blancura
su ondulación de fuego.
Entre los áureos rizos,
por el amor deshecho,
yo vi calientes, húmedos,
brillar tus ojos negros.
Sin desmayas, erguidos,
redondos, duros, tersos,
temblaron los montones
de nieve de tus pechos.
Y de amor encendida,
estremecido del cuerpo,
con amorosa savia
sus rosas florecieron.
El clavel de tus labios
brindaba miel de besos
y fue mi boca ardiente
abeja de sus pétalos.
De la crujiente seda,
que resbalara al suelo,
emergió su blancura
tu contorno supremo.
Y al impulso movido
de ardoroso deseo,
se cimbró entre mis brazos
y quedó prisionero.
Me abrasaban tus ojos,
me quemaba tu aliento,
y apagó las palabras
el rumor de los besos...
Enrique de Mesa (1878-1929)
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Vienes a mí...
Vienes a mí, te acercas y te anuncias
con tan lve rumor, que mi reposo
no turbas, y es un canto milagroso
cada una de las frases que pronuncias.
Vienes a mí, no tiemblas, no vacilas,
y hay al mirarnos atracción tan fuerte,
que lo olvidamos todo, vida y muerte,
suspensos en la luz de tus pupilas.
Y en mi vida penetras y te siento
tan cerca de mi propio pensamiento
y hay en la posesión tan honda calma,
que interrogo al misterio en que me abismo
si somos dos reflejos de un ser mismo,
la doble encarnación de una sola alma.
Enrique González Martínez (1871-1952)
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Vienes a mí...
Árbol de mi alma (Fragmento)
siento hacia mi venir tu pensamiento
y acá en mi corazón hacer su nido.
Ábrase el alma en flor; tiemblan sus ramas
como los labios frescos de un mancebo
en su primer abrazo a la hermosura;
cuchichean las hojas; tal parecen
lenguaraces obreras y envidiosas,
a la doncella de casa rica
en preparar el tálamo ocupadas.
Ancho es mi corazón, y es todo tuyo.
Todo lo triste cabe en él, y todo
cuanto en el mundo llora, y sufre, y muere!
De hojas secas, y polvo, derruidas
ramas; lo limpio; bruño con cuidado
cada hoja, y en los tallos; de las flores
los gusanos y el pétalo comido
separo; creo el césped en contorno
y a recibirte, oh pájaro sin mancha,
apresto el corazón enajenado!
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POEMA PARA LAS LÁGRIMAS
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POEMA DE LA CITA ETERNA
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EL BESO
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EL CIELO DESTRUIDO
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Franklin Mieses Burgos,
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AMOR
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ROMANCE DEL HÉROE
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