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Y si hacemos el amor y no la guerra? - Brenda Terrones

Y si hacemos el amor y no la guerra? Si a cada paso que damos en vez de minas explotamos en abrazos si las mentiras nos dijeran la verdad sobre la cama los rehenes esos besos y el rescate las caricias Y si hacemos el amor y no la guerra? Si los gritos de ira fueran de placer y el sudor de amar no de correr un soldado inquebrantable seria yo mi patria tu cuerpo mi bandera todos los colores Y si hacemos el amor y no la guerra? Una emboscada cada noche te esperaría y durante el día bombardeos de besos estallidos en el corazón lagrimas de amor locura incesante ojos desorbitados de placer. Y si hacemos el amor y no la guerra? Y si estoy en guerra quiero estarlo solo contigo y haciéndote el amor caer en combate me rindo y entrego todo lo fui, lo que soy y hubiese sido sin ti no quiero estar en guerra, quiero hacerte el amor.

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A veces yo me pregunto - Brenda Terrones

A veces yo me pregunto quien está en verdad loco ¿Acaso soy yo o el mundo? porque aquí pasan cosas con las que me confundo. No entiendo porque el progreso es sinónimo de profunda desigualdad que para avanzar unos pocos a otros debamos machacar Tampoco consigo comprender si los hay que mueren de hambre aquí muchos no queremos comer persiguiendo imposibles cánones. Porque a padres maravillosos que pasan años tratando adoptar la vida no les da ni un solo hijo y si a quienes los maltratarán. Porque algunos disfrutan con la muerte y la tortura ¿Es que nadie más ve que esto es una locura? Ya no consigo recordar el día en que las tragedias de la tele tan terribles, aun me sorprendían Ahora estoy ya acostumbrada, las veo como si fueran películas. Cómo podemos pasar por la vida ante todo tan indiferentes sin pensar que mañana quizás seas tú como el que tienes enfrente. No les importa que haya guerras que sus iguales mueran en la miseria si se pueden comprar un coche más si todos somos piezas del mismo rompecabezas, ¿No nos deberíamos de ayudar? Quisiera que todos vieran lo que para mí es una gran verdad que todos somos iguales, piezas de la humanidad. Todos seres humanos valiosos con una misión a desempeñar, que por tonta que parezca la vida de alguien mejorará. Así que cuidemos este mundo y a los que en él habitan luchemos porque en un futuro no haga falta esta poesía. Puede que esto sea difícil un imposible todavía, sólo el sueño de una niña con fe aun en esta utopía. Quizá sea una soñadora pero no quiero cambiar, quisiera poder hacer algo y nunca dejar de soñar.

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EL HORIMENTO BAJO EL FIRMAZONTE Carmen Jodra (Madrid, 1980)

La farandolina en la lejantaña de la montanía
El horimento bajo el firmazonte…
Vicente Huidobro
-¡Democrad! ¡Libertacia! ¡Puebla el vivo!
¡No dictaremos más admitidores!
Pro lometemos, samas y deñores,
nuestro satierno va a gobisfacerles.
Firmaremos la gaz, no habrá más perra,
zaperán juntos el queón y el lordero,
y quieto promerer y lo promero,
vamos a felicirles muy hacerles.
(Y el horimento bajo el firmazonte,
o el firmazonte bajo el horimento
-ye ca no sé-, brillaba, grona y aro).
-Que se me raiga un cayo si les miento:
fumos soertes, y, mo lás pimtorante,
¡blasamos hiempre claro!
(Las Moras Agraces, 1999)

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CIUDAD DESNUDA Zbigniew Herbert (Polonia, 1924-1998)

Esta ciudad en una llanura lisa como una lámina de hojalata
con la mano mutilada de su catedral como una garra que señala
con los empedrados del color del intestino con las casas desolladas
ciudad bajo la crecida de la ola amarillenta del sol
de la calcárea ola de la luna
oh ciudad más que ciudad decidme cuál ciudad
bajo qué estrella junto a qué camino
de su gente: trabajan en un matadero en un inmenso edificio
de ladrillo crudo de suelo de hormigón envueltos en el hedor de la sangre
y el penitente salmo de las bestias Acaso allí hay poetas (poetas que callan)?
hay algo de ejército gigantesco sonajero de cuarteles en la periferia
el domingo al otro lado del puente entre arbustos híspidos en la fría arena
en una rojiza hierba las muchachas reciben a los soldados
hay todavía unos pocos lugares dedicados a los sueños Un cine
con una pared blanca donde son arrojadas las sombras de los ausentes
pequeñas salas donde el alcohol es vertido en finos o toscos vasos
hay además perros finalmente hambrientos perros que aúllan
y señalan de este modo los límites de la ciudad Amén
así que todavía preguntáis qué clase de ciudad
digna de la cólera sulfúrica dónde está esa ciudad
en los cables de qué viento bajo qué columna de aire
y quién viva allá si gente con el color de la piel parecido a nosotros
si gente con nuestras caras

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José Antonio Rey del Corral (Zaragoza, 1939-1995)

Hay que luchar contra el cadáver de la vida.
Hay que existir, aunque sea más allá de la muerte.
Hagamos un montón de todos los sótanos que nos apresan
y a la buhardilla con ellos.
¿Por qué ocultar nuestros deseos en las alcobas
si tenemos la invitación de la yerba
y todo lo que no somos nosotros, se expresa a nuestros ojos?
¿Por qué somos turbios
y no osamos mirar a los ojos ajenos
más que a medias y con gafas de sol?
No. Yo sé que no todas las dentaduras son postizas
y que los capos se extienden más allá de las carreteras.
Salgamos de los suburbios apestosos,
tiremos nuestra miseria a la basura
y pongamos nuestra costra al viento.
Seamos libres.

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Juan Podesta Barnao - A la baja

Los índices macroeconómicos de este pacto bursátil
acabarán por desesperar a los inversionistas
saldrán corriendo a invertir sus acciones en lugares más propicios
sitios menos riesgosos para el romance.
Porque para ser franco
esta firma comercial nada promete
fue una empresa de papel
mesas y sillas apolilladas
carpetas con egresos e ingresos
calculadoras y caja registradora.
Ahora, la única pregunta que cabe
es saber cuál de nosotros fue el operario
en cerrar el portón metálico, echar candado
y dirigirse al paradero con rumbo desconocido.

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Juan Podesta Barnao - Madrugada

El único negocio a estas alturas
es el resto de noche que va quedando
chirriar de algunas tripas
el mal aliento que acaba por desentendernos
de la lucidez
y que nos lleva a ponderar
que la única solución posible
es rematar las pocas pertenencias sentimentales
liquidar algunas emociones
firmar contrato con un imaginario dueño de pensión
y salir trasquilado
porque al final
la madrugada nos volvió a cagar
con la letra chica de los contratos usureros.

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César Vallejo - Me viene, hay días, una gana ubérrima...

de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mundo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, proyecto!
Me viene a pelo
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudar a matar al matador ?cosa terrible?
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.

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Madrigal

Madrigal


Ven a mí que vas herido
que en este lecho de sueños
podrás descansar conmigo.

Ven, que ya es la media noche
y no hay reloj del olvido
que sus campanadas vierta
en mi pecho dolorido

Tu retorno lo esperaba.
De un ángulo de mi vida
voz sin voz me lo anunciaba.

Concha Méndez (1898-1986)

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Vergüenza

Vergüenza

 
Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa
como la hierba a que bajó el rocío,
y desconocerán mi faz gloriosa
las altas cañas cuando baje al río.

Tengo vergüenza de mi boca triste
de mi voz rota y mis rodillas rudas;
ahora que me miraste y que viniste,
me encontré pobre y me palpé desnuda.

Ninguna piedra en el camino hallaste
más desnuda de luz la alborada
que esta mujer a la que levantaste,
porque oíste su canto, la mirada.

Yo callaré para que no conozcan
mi dicha los que pasan por el llano,
en el fulgor que da a mi frente tosca
y en la tremolación que hay en mi mano...

Es noche y baja a la hierba el rocío;
mírame largo y habla con ternura,
¡que ya mañana al descender al río
la que besaste llevará hermosura!

Gabriela Mistral (1889-1957)

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Negros faroles sus ojos.

Negros faroles sus ojos.
Su boca roja granada.
Cuchillito su nariz
sobre el labio apernacada.

Dos rosas en los oídos.
Dos hoyuelos en la barba.
De negra noche, dos trenzas
sobre los hombros de malva.

Dos piñones del pinar
de su cuerpo en dos manzanas
-blancas y rojas palomas
del palomar de las Gracias-.

A dormir va la pureza
del lino. Sábanas blancas
besarán entre sus pliegues
a la niña blanca, blanca.
Fernando Villalón (1881-1930)

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Erótica

Erótica


Cayó sobre tu espalda
la llama de tu pelo
quemó la blancura
su ondulación de fuego.

Entre los áureos rizos,
por el amor deshecho,
yo vi calientes, húmedos,
brillar tus ojos negros.

Sin desmayas, erguidos,
redondos, duros, tersos,
temblaron los montones
de nieve de tus pechos.

Y de amor encendida,
estremecido del cuerpo,
con amorosa savia
sus rosas florecieron.

El clavel de tus labios
brindaba miel de besos
y fue mi boca ardiente
abeja de sus pétalos.

De la crujiente seda,
que resbalara al suelo,
emergió su blancura
tu contorno supremo.

Y al impulso movido
de ardoroso deseo,
se cimbró entre mis brazos
y quedó prisionero.

Me abrasaban tus ojos,
me quemaba tu aliento,
y apagó las palabras
el rumor de los besos...

Enrique de Mesa (1878-1929)

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Vienes a mí...

Vienes a mí...


Vienes a mí, te acercas y te anuncias
con tan lve rumor, que mi reposo
no turbas, y es un canto milagroso
cada una de las frases que pronuncias.

Vienes a mí, no tiemblas, no vacilas,
y hay al mirarnos atracción tan fuerte,
que lo olvidamos todo, vida y muerte,
suspensos en la luz de tus pupilas.

Y en mi vida penetras y te siento
tan cerca de mi propio pensamiento
y hay en la posesión tan honda calma,

que interrogo al misterio en que me abismo
si somos dos reflejos de un ser mismo,
la doble encarnación de una sola alma.

Enrique González Martínez (1871-1952)

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Árbol de mi alma (Fragmento)


Como un ave que cruza el aire claro,
siento hacia mi venir tu pensamiento
y acá en mi corazón hacer su nido.
Ábrase el alma en flor; tiemblan sus ramas
como los labios frescos de un mancebo
en su primer abrazo a la hermosura;
cuchichean las hojas; tal parecen
lenguaraces obreras y envidiosas,
a la doncella de casa rica
en preparar el tálamo ocupadas.
Ancho es mi corazón, y es todo tuyo.
Todo lo triste cabe en él, y todo
cuanto en el mundo llora, y sufre, y muere!
De hojas secas, y polvo, derruidas
ramas; lo limpio; bruño con cuidado
cada hoja, y en los tallos; de las flores
los gusanos y el pétalo comido
separo; creo el césped en contorno
y a recibirte, oh pájaro sin mancha,
apresto el corazón enajenado!

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POEMA PARA LAS LÁGRIMAS


POEMA PARA LAS LÁGRIMAS



Corno cuando se abrieron por tus sueños mis párpados,
rota y cansadamente, acoge mi partida.

Como si me tuvieras nadando entre tus brazos,
donde las aguas corren dementes y perdidas.

Igual que cuando amaste mis ensueños inútiles,
apasionadamente, despídeme en la orilla...

Me voy como vinieron a tus vuelos mis pájaros,
callada y mansamente, a reposar heridas.

Ya nada más detiene mis ojos en la nube...
Se alzaron por alzarte, y ¡qué inmensa caída!

Sobre mi pecho saltan cadáveres de estrellas
que por ríos y por montes te robé, enternecida.

Todo fue mi universo unas olas volando,
y mi alma una vela conduciendo tu vida...

Todo fue mar de espumas por mi ingenuo horizonte...
Por tu vida fue todo, una duda escondida.

¡Y saber que mis sueños jamás solos salieron
por los prados azules a pintar margaritas!

¡Y sentir que no tuve otra voz que su espíritu!
¡Y pensar que yo nunca sonreí sin su risa!

¡Nada más! En mis dedos se suicidan las aves,
y mis pasos cansados ya no nacen espigas.

Me voy como vinieron a tu techo mis cielos...
fatal y quedamente, a quedarme dormida...

Como el descanso tibio del más simple crepúsculo,
naturalmente trágico, magistralmente herida.

Adiós. Rézame versos en las noches muy largas..
En mi pecho sin lumbre ya no cabe la vida...

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POEMA DE LA CITA ETERNA


POEMA DE LA CITA ETERNA



Lo saben nuestras almas,
más allá de las islas y más allá del sol.
El trópico, en sandalias de luz, presto las alas,
y tu sueño y mi sueño se encendieron.

Se hizo la cita al mar... tonada de mis islas,
y hubo duelo de lirios estirando colinas,
y hubo llanto de arroyos enloqueciendo brisas,
y hubo furia de estrellas desabriéndose heridas...
Tú, y mi voz de los riscos, combatían mi vida.

Se hizo al mar tu victoria, sobre palmas vencidas...

Fue paisaje en lo inmenso,
una imagen de mar casi riachuelo,
de río regresando,
de vida, de tan honda, atomizándose.
Y se dio cita eterna la emoción.

El mar, el verdadero mar,
casi ya mío... el mar, el mar extraño
en su propio recinto...
el mar
ya quiere ser el mar sobremarino...

El mar, tonada entretenida de mis islas,
por traerse una flor de la montaña,
se trajo mi canción en un descuido,
mi canción más sencilla,
la canción de mis sueños extendidos.

Sobre el mar, sobre el tiempo,
la tonada, la vela...
La cita eterna, amado,
más allá de los rostros de las islas que sueñan.

En el pecho del viento van diciendo los lirios,
que en el pecho del mar dos auroras se besan.

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EL BESO


EL BESO



Voy a contarte un cuento que otras saben.
Las menos como tú jamás supieron.
Era un juego de a dos pues se enfrentaban
un rey hermoso y una reina a besos.
Y érase que ella alegre se moría
como última tecla en cada beso.
Y él riendo tomaba con su boca
un poco de su lengua y de su aliento.
Pasó el verano bajo el puente chino,
sopló el otoño y garuó el invierno,
volvió la primavera y se marchó
detrás de un par de niños aquel juego.
Y érase esa mujer que aún lo amaba,
y moría de pena, pero en serio.
Y érase la tristeza en el ciprés
la hora en que llovía en ese reino.

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EL CIELO DESTRUIDO


EL CIELO DESTRUIDO



("¡Oh, cielo riguroso! ¡Oh, triste suerte!
¡Que tantas muertes das con una muerte!")


El cielo destruido porque llora
mi acongojado corazón humano,
no es el perenne cielo cotidiano 
donde el rostro del tiempo se cobra.

El hondo cielo que mi ser añora
por ser de íntimo sol su meridiano,
ese cielo cayó desde mi mano
hacia una eterna noche sin aurora.

Nada queda de él. Sólo el recuerdo
a mitad del camino en que me pierdo
alza el hueco fantasma de su nombre.

Cielo del ser mejor en su mañana.
¡A cambio del sabor de una manzana
perdido para siempre por el hombre!

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AMOR


AMOR



("Quien a las llamas del amor no muere")

Es el amor en todas las edades
del ser que valeroso lo frecuenta,
una oscura semilla que fermenta
en etapas de calma y tempestades.

Más dado a lo irreal que a realidades
del suelo material donde se asienta,
va como oveja dulce que apacienta
en prados de celestes claridades.

Arquitecto del cielo que idealiza:
arde desde la lava a la ceniza
de sus propios volcanes desatados.

Hasta que por el fuego que lo inflama,
es consumido por la misma llama,
"en soledad de dos acompañados".

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ROMANCE DEL HÉROE


ROMANCE DEL HÉROE



Oh, General don Esteban
honor y prez de la Historia,
canción de huayño serrano
que en los charangos retoña.

Tu nombre llegó a nosotros
cuajado en sangre de coplas
y floreció en la garganta
silvestre de las palomas.

Fue en esta tierra morena
donde las quenas sollozan
y el sol que dora las mieses
canta en las tiernas mazorcas,
donde tus manos forjaron
aquella hueste gloriosa
que socavó con sus huesos
los Fuertes de la Colonia.

Ríos de sangre brotaron
del corazón de las rocas,
y el fuego del exterminio
redujo a escombros las chozas.

Fue ruda y larga la guerra,
mas, la raigambre criolla,
medró en silencio de cruces
como las jarkas coposas;
y cada rama fue en brazo,
y cada brazo un patriota.

La Virgen de las Mercedes
perdió sus dedos de rosa,
por restañar las heridas
donde los sables se embotan,
y los caudillos del pueblo
fueron izados en la horca,
como banderas de triunfo
que en el arco iris tremolan.

El alba segó las mieses
con su guadaña de alondras,
sembrando polvo de luna
sobre la augusta memoria
de aquellos hombres bravíos
que armados de sus picotas,
cavaron el horizonte
para que alumbre la gloria.

¡Ay! General don Esteban,
flor de charango y paloma,
qué duros vientos soplaron
sobre esta tierra de auroras,
cuando los wauques bizarros
tiñeron en sangre roja,
la copa de los chilijchis
que incendia el sol de Viloma.

Pero jamás tu alma grande
se doblegó en la derrota,
y vencedor o vencido
fuiste el Quijote de Aroma
que acicateando a su potro
que ante el nevado resopla,
contra un molino de viento
trizó su lanza ilusoria.

Porque los hombres del Valle
hechos de arrullo y de roca,
son fieros como el torrente
que se desborda en las lomas,
y altivos como las cumbres
donde los cóndores moran.

Las nubes se disiparon
en un airón de gaviotas,
prendiendo un haz de leyenda
sobre las viejas casonas
de la romántica Villa
que las retinas asoma:
con sus balcones labrados
y sus callejas tortuosas;
donde creciste, Aguilucho
de la insurgencia criolla,
enmadejando horizontes
en tus pupilas indómitas.

Tu espada talló en los riscos
el Himno de la Victoria,
y urgidas de primavera
reflorecieron las lomas,
bajo el resuello del viento
que los capullos deshoja,
para enflorar el sendero
por donde marchan tus tropas.

Porque esta Patria que amamos
hecha de fuego y aurora,
nació a los senos frutales
de las mocitas criollas,
y es hija de esos guerreros
tiznados en sangre y pólvora.

La selva meció tu sueño
con el rumor de su fronda,
y destrenzó de crepúsculos
su cabellera olorosa,
sobre el fanal de luciérnagas
donde tus restos reposan.

El tiempo pasó descalzo
sin dejar musgo en tu fosa,
y es a través de los siglos
que se agiganta tu sombra,
sobre la América libre
que te bendice y te invoca,
como al más bravo Caudillo
de los que ilustra su Historia.

Oh, General Don Esteban,
espada de los patriotas,
valluno de pura sangre
tallado en fibras de roca,
tu imagen de alto relieve
quedó acuñada en la aurora,
y hoy como ayer, en el alba,
cantan campanas de gloria.